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Cuando desaparece la bruma de la tormenta, cuando el mar ya no golpea tu coraza y los truenos no ciegan tu voz, cuando el brillo del Sol seca el pantano de tus sueños perdidos, olvidas el ensordecedor silencio que anega tus deseos y vuelven a brillar los detalles que llenan el alma, los pequeños mundos que giran alrededor de nuestro corazón y que forman nuestro universo; el calor en la suavidad de esos dedos que traspasa nuestra piel y es capaz de mantener alejado el frío donde ningún otro sol llega; el brillo en una mirada que desborda el vacío que ningún océano lograría llenar; la increíble sacudida eléctrica de unos labios que beben la vida de los nuestros como si acabaran de nacer. Y sientes cómo el aire vibra, cómo la luz vibra, cómo tu cuerpo vibra, en perfecta sintonía con otro cuerpo, en otra alma, estallando en una melodía propia, de notas puras, cristalinas, que jamás habían existido, y notas que tus ojos ya no miran otros ojos, sino otro universo, extenso, profundo, entrelazado al tuyo, que existe en el tuyo y en ningún otro, y el espacio se curva, se pliega, envolviendo dos universos contenidos en si mismos, que son sólo uno, y que abarca todo lo que importa, y lo que no importa no existe, no ha existido nunca, y nunca podrá existir, y el tiempo no se detiene, sino que desaparece, porque siempre has estado ahí, porque nunca saldrás de ahí, no con vida, porque la vida está contenida en ese universo que no es uno, sino que son dos, contenidos en si mismos, vibrando en sintonía; pero tu no lo sabes, porque ya no eres tu, porque miras y ya no ves, porque la materia ha desaparecido, y sólo eres amor, puro amor; el éxtasis de la melodía de dos corazones vibrando en uno.

 

Detalles, notas simples, vívidas, prístinas, dulces y delicadas que acaban por desaparecer cuando la partitura cambia y el tempo se desdibuja en el tiempo, aplastado por la estridencia infernal de la rutina, porque no vivo en un cielo perfecto, sino en un mundo imperfecto, imperfecto por un millón de razones, imperfecto porque estoy yo.