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Vestida con mis Lágrimas

Mecida en el suave viento,
la roja flor anhelaba,
alcanzar a tocar el cielo,
al albor de la mañana.

Si veloz pájaro yo fuese,
si mis pétalos fuesen alas,
volaría hasta alcanzar el Sol,
para verlo nacer al alba.

Si pájaro tu fueses, flor,
y en saeta tu belleza tornara,
qué tallo acariciaría yo,
qué pétalos besarían mis lágrimas,
antes de morirse al Sol,
dijo el rocío de la mañana,
pues aunque sé que muero vengo,
para adorarte en cada alborada.

Dulce rocío, que mi sed apagas,
amor mío, que mi corazón agrandas.
sólo anhelo ver nacer al Sol,
que alimenta con su luz mi color,
y calienta con sus dedos mi alma.

Bella flor, hay en ti calor,
para estallar mil veces mi razón,
no necesitas la luz del Sol,
pues lo que ves brillar es tu alma,
tu color, tu pasión, tu furia y mi calma.

No vueles más, dulce flor,
grande es ya por si tu color,
tu fuerza, tu vida y tu alma,
mecida en el suave viento,
vestida con todas mis lágrimas.

Lagrimas de Cristal

Verla allí, llorando, sentada sobre un charco de ilusiones rotas, me partía el corazón.

El día anterior, en una de esas casualidades que no existen, coincidimos de frente buscando la salida del pabellón. Justo un instante después de que nuestras miradas chocaran como lo hace el mar en un acantilado, me regaló dos sonrisas luminosas: una con sus labios, y la otra dibujada en sus bellos ojos, radiantes, felices.

Acababa de ganar, junto al resto del equipo, el pase a la final de la copa de la Reina de voley, que se celebraba este fin de semana en Albacete.

Recuerdo vagamente que me quedé sus dos sonrisas, y le regalé una de las mías, no tan luminosa pero igual de sincera. Traspasamos la puerta y ella se marchó, montada en un rayo de felicidad, para unirse al resto del equipo. Sin embargo su regalo siguió conmigo.

Quizás por ello mi mirada la seguía durante la angustiosa final, y quizás por eso sus lágrimas anegaron mis ojos cuando, en el mismo instante en el que sus contrincantes estallaban de júbilo, toda la tensión del partido, toda la tensión de las jornadas previas, toda la ilusión y los sueños que hacían vibrar sus músculos en cada salto, en cada jugada, se desbordaban en un inconsolable llanto que hacía temblar tanto su cuerpo como mi corazón.

Nada, ni las dos horas y media de vibrante partido, ni los atronadores gritos de los seguidores, ni los puntos más luchados y reñidos; ni siquiera contemplar la danza armoniosa, musical de unos cuerpos perfectamente torneados, pulidos en incontables horas de entrenamiento e interminables partidos, perlados con el sudor de un sueño intensamente vivido, nada, me estremeció tanto como el infinito silencio de su cuerpo temblando, desgarrado por la violencia de un sueño roto que ya acariciaba con las manos y el corazón, que ya sentía como suyo, tan real como su presencia allí, y que en un sólo, único y desgarrador segundo la abandonaba expelido por cada poro de su piel.

Y mientras el pabellón entero vibraba ensordecedor con la victoria, yo no podía apartar mi mirada de las lágrimas que desbordaban sus hermosos ojos.